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3月27日

cuando el amor...

 

 

Es cierto que me resisto al amor, ya te dije.

A veces me siento "tarada", con el defecto de no saber darlo ni recibirlo.

El amor, ese "desesperado afan de no estar solo", que tanto busco, rehuyo, espero, escondo, adoro, maldigo, alabo, ignoro... el amor...

Y no, no estoy triste, te aseguro que estas no son las cosas que me ponen triste, porque por el contrario, son las cosas que me muestran que me conozco y reconozco que... que he crecido

 

Cuando el amor, ese desesperado
afán de no estar solo,
tiñe de azul mi corazón,
y se acercan a mí
todas las criaturas de su mano,
de repente me asalta
una imprevista furia por seguir
siendo yo solamente, pobre y frío
yo, en mi desmantelada
guarida, que ni para ser
sepulcro sirve pero es mía.
No quiero mirar nada
a través de otros ojos,
ni dormitar sobre la dúctil gracia
de una cintura o una mano,
del arco de unos labios o unas cejas.
Quiero ser yo, ser mío, ser mi dueño
y mi esclavo, morir en mi tiniebla.
Que muera en mi tiniebla
todo aquello que pudo ser mi hijo,
sangre mía, mi casta, regusto de mi boca.
Que cada amanecer en sí mismo se cierre,
sin verter su palabra al oído de un cómplice.

Cuando el amor. “Antonio Gala”

3月23日

LA REINA DE LOS MORADOS

LA REINA DE LOS MORADOS

 Miquel Pujadó

 

De muy joven soñabas / leyendo novelas rosa / en tu destino de esposa, / en el amor que nunca desaparece. / Y llegó tu Príncipe azul / y te llevó a su palacio, / un fantástico entresuelo de Cornellá. / Pronto la mediocridad / ahogó el cuento de hadas. / La esperanza, en cuanto te despistas, / la pudre la realidad. / Decepcionada, fuiste tirando / sorteando el aburrimiento / pero lo peor aún tenía que llegar. / Con la ayuda de un precario y / triste empleo y del coñac / y de su cerebro primario, / tu príncipe borracho  / te ofrecío como primicia / a partir de cierto momento / un tipo de caricia / demasiado contundente. / Te pidió perdón / y le perdonaste, / oscilando como tantas pánfilas / entre el amor y el miedo. / Pero ni un mes tardaron / en volver las palizas: / ni recuerdas ya el porqué. / Las vecinas escucharon / sartas de mentiras / que explicaban las heridas / sin denunciar al verdugo. / Si tienes un ojo a la funerala / es que te has caído... / No se lo cree nadie, pero callan. /  Fuiste a ver a tu madre / para poder hablar con alguien / y sólo con verte la cara / te tomó de la mano: / "Para salvar tu matrimonio / -te dijo- ten paciencia, / más vale vivir con un demonio / que fracasar ante todos." / Ahora tu hombre está en paro, / siempre brama como un asno, / no te deja salir de casa / y cuando miras al futuro / sólo ves golpes y dolor, / sólo ves una prisión / y tu cabeza golpeando contra un muro. / Te pega cuando vuelve de la calle / si los garbanzos están duros, / si la puta del viernes / no se la ha mamado bien. / Te pega si dices una palabra, / por nada y por todo, / y de noche te pones bien y le dejas hacer. / A veces, haciendo la colada, / te sorprendes canturreando / llorosa una melodía / de cuando eras niña. / Bessie Smith era la reina / del viejo blues / y te das cuenta / de lo poco que te ha costado / ser la reina de los morados. / Resignada, eres incapaz / de encontrar otra salida / que la que te ofrece la vida / cuando se funde como el hielo. / Así pues, hasta que la muerte / te permita dejar el puerto, / sólo serás un saco de boxeo y un burro de carga. / Temes dejar este piso, / temes cruzar la puerta. / Crees que nunca serás lo bastante fuerte / para intentar ser feliz. / El mundo real no está lejos, / lo intuyes pero se escurre entre tus dedos: / desde el Infierno no se ve bien el Paraíso. /  Si te fueras, no sabrías / dónde ir y, además, / ¿pasarían muchos días / antes de que te encontrase? / La justicia no te ampara, / otras han creído en ella / y tal vez sean ahora libres, / pero en un ataúd. / En el mundo hay muchas naves / de velas desinfladas, / malvendidas y amarradas / por un trágico juego de dados. / A menudo miran al horizonte / imaginando la canción / que les hará olvidar un día el blues de los morados.


3月3日

la higuera (gracias)

LA HIGHUERA, de Juana de Ibarbourou
 
 
 
 
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!